Madrid no siempre fue una ciudad moderna y europea. Hubo un tiempo que fue corte de los milagros y milagro de vivir...

No siempre fue una ciudad moderna y europea. Hubo un tiempo en que fue corte de los milagros y milagro de vivir.


Huerta de Recoletos, Campo del Moro, riberas del Manzanares, altos de la Moncloa, barrancos de Lavapiés... Madrid vive alegre las sombras de sus arboledas y las tinieblas de sus calles, más acogedoras en todo caso que las insalubres viviendas capitalinas del siglo XVII.

Los madrileños viven a oscuras. Al caer la noche apenas hay más luz que los farolillos de aceite ante las imágenes piadosas y los faroles de las rondas. Un regidor de la Corte, viajado e innovador, trató de copiar las farolas parisinas: la gente empieza con sus burlas, asegurando que solo van a alumbrar picardías, y las llama los lamparones del rey. Un siglo todavía van a tardar en instalarse.

La noche pecadora de Madrid puede iniciarse en la calle Mayor, en Las Soleras, alegre casa patrocinada por la Corte, frente a las gradas de San Felipe el Real, corralillo de pícaros, intelectuales, chuletas y correveidiles, celebérrimo mentidero de Madrid donde todo puchero se cuece y todo garbanzo negro tiene cabida.


Seguiríamos por la calle de la Montera, que por cierto no ha variado mucho. Hay quien dice que debe su nombre a la forma de su punto más alto, pero más opinan que es porque en ella vivía la montera, mujer del montero mayor de Felipe III, desinhibida moza que con sus retozos traía de cabeza a media Corte, la mitad masculina, tanto es así que acabó desterrada para que hubiese paz. Calle por demás alegre, llena de bodegones y casas non sanctas, que acaba en la Puerta del Sol, punto de reunión de mozos crudos, busconcillas, rufianes y descuideros.

Más finos los que van a buscar su diversión al Paseo del Prado, a pie o en calesa, por Recoletos, allá donde había plantados cinco grandes pinos de frondosa copa, y donde las carabinas permitían a las jovencitas a su cargo llegarse con el galán, como muy lejos, hasta el quinto, sin vigilancia. Sí, eso es: se iban al quinto pino, y tan contentos todos.


También tiene árboles la ribera del Manzanares, tomada por las lavanderas, que lavan ropas y apagan fuegos; los madrileños conocen el lugar y el negocio, y también el que hay en otro sitio con agua, la fuente arrabalera del Acero, tan concurrida a la noche que hubo de prohibirse su acceso a la caída del sol, y por la que, trescientos años antes que Lorca, cantaban los poetas del momento:

Yo me la llevé a la fuente
creyendo que era soltera;
creyendo que era inocente,
pero tenía solera.

Es indudable que el del siglo XX lo había leído.


El hermoso y ahora concurrido parque del Buen Retiro era privativo de la familia real. El conde-duque de Olivares lo adereza para Felipe IV. No son buenos tiempos para España, por eso al siempre crítico Quevedo le molestan las orgías perpetuas del regio jardín:

“...pero no es buena ocasión que, cuando hay tantos desastres,
hagas brotar fuentes de agua, cuando corren ríos de sangre."

Porque, para variar, Quevedo gana poquísimo con su pluma, lo mismo que Velázquez con sus pinceles, al que pagan poco y tarde por sus trabajos de pintor de corte; mucho más ganan las jóvenes actrices, por el escenario y por horas extra, que tampoco en esto hemos variado gran cosa. Ellas sí entran y salen por el Retiro, vedado al resto de los madrileños, que se tienen que conformar con los bosquecillos naturales.


Unos se divierten en los parques, reales o no, y otros y otras, con mayor secreteo, utilizan algunas iglesias para sus contactos, iglesias que se hicieron por ello más famosas que por sus imágenes y devociones. Tal ocurre con la de Jesús de Medinaceli por su cercanía al Prado, donde es incesante el trasiego los días de guardar, para verse ellos y ellas y entregarse papelitos amorosos amparados en la oscuridad de las naves.

Y la de la Victoria, en la Puerta del Sol, en cuyas gradas lo mismo se contratan fregonas que meretrices.


En Madrid no hay ni una biblioteca porque apenas unas docenas saben leer; pero hay 800 casas públicas, para todos los bolsillos, ni autorizadas ni perseguidas; simplemente, existen.


Y hay quien las conoce tan bien, y a sus moradoras y sus diversiones, que con esos estudios logra el doctorado palaciego: Fernando Valenzuela, el Duende de Palacio, de chiquillo peleón en las calles, golfo barriobajero, novio luego de una camarera de palacio, se las arregló, con sus conocimientos, para llegar a privado del rey con el beneplácito de la reina madre; y más de una vez se jugó el tipo por salvar a su señor de maridos ofendidos. Y pasó de rey a rey, de Felipe IV a Carlos II, al que por lo menos ofreció ratos de diversión en su tristísima vida, y que supo cobrarse a muy altos precios.

El pobre Carlos II, siempre buscando y nunca hallando. Con semejante modelo, nunca hubo más desarreglo de costumbres, calles más peligrosas ni más negocios carnales en Madrid. Las cantoneras o mujeres de esquina lo invaden. Y solo se las persigue si redondean sus haberes con la práctica de la brujería. Entonces sí: vale levantarse las sayas, pero si te ven echando las cartas o haciendo hechizos, acabas entre rejas.


Hechizos muy divertidos por cierto: hay que quemar romero, sal, alumbre y una figurita masculina o femenina, según el sexo del demandante, de barro o trapos; después se muelen los restos y se arrojan ante la puerta del deseado/a. Y a esperar que caiga en el garlito.


Con los Borbones las posadas sustituyen a los mesones, son un poco más modernillos, igual que el chocolate francés pelea con el aguardiente madrileño, el sainete con el entremés y el deshabillé con el ir en cueros. Algunos son mesones puestos en limpio, pero no demasiado, que el uso sigue siendo el mismo mayoritariamente, burdeles muchos cerrados por la ley y reabiertos con el nuevo nombre y el viejo uso. Se les llama posadas secretas; tan poco secreta su concurrencia que se hace necesario regularlas, legalizarlas y controlarlas, todo ello a cargo del alcalde del barrio. Se puede dormir en ellas y comerse un cocido de cena por cinco reales.

Las cocottes amenazan con arrinconar a las cantoneras, son nuevos tiempos; tanto es así que el Consejo de Castilla ordena llevar a Galeras a las mujeres que causaran escándalo en las calles.


No sabemos si hubo sitio suficiente. Son tiempos en que había que ganarse la vida como mejor se pudiese, que puestos de trabajo no abundaban, aparte de haber una nube de huérfanas y viudas de las muchas guerras. Vamos, que hay que comer. Pero las nuevas leyes las persiguen y piden su internamiento en casas de arrepentidas, de las cuales solo existen dos: San Nicolás de Bari y San Leonardo. Son duras y desagradables, sórdidas, pero cualquier cosa mejor que la Galera: celdas pequeñas y compartidas, sin camastros para todas y abundancia de grilletes y cepos para las más rebeldes. Aclaremos que el nombre lleva a confusión: la Galera no es un barco, sino una cárcel, la más dura de todas, por eso la llamaron así. Porque se trata a las reclusas como a galeotes.


Madrid se moderniza y embellece. Pero no todo.

El afrancesamiento borbónico molesta. Y la protesta se materializa en la recuperación de lo castizo: los majos llenan con su insolencia los barrios de Maravillas, de Embajadores, del Rastro, de Lavapiés. La pobreza de los barrios bajos se sublima en un absoluto desprecio y agresividad hacia los ricos petimetres, palabra que extraen y españolizan del francés hasta hacerla absolutamente madrileña: son los petits mâitres, los que van de modelito por el paseo. Crean el icono del macho frente al afeminamiento de pelucones y encajes. Las majas son descaradas, desafiantes, garbosas. Y con su desparpajo y erotismo mal encubierto, que encandila a los hombres, empiezan a crear envidias en las clases altas. Que las copian. La Tirana, la Caramba, María Alcázar, aquellas primeras tonadilleras, causan estragos; y las petimetras imitan su majeza. Las aristócratas españolas gustan de vestirse como ellas.

El poder de la moda... y del galanteo. Los dos madriles que convergen pero nunca se confunden.


No es muy moral tampoco, ni con mucho, el modo de comportarse. No hay dama que se precie que no tenga cortejador, sean ambos casados o no. Se hace necesario el chicoleo para calles y salones. El con deliciosa y perfecta palabra llamado chichisbeo, por su forma de hablar entre murmullos, el cortejo, el hoy ligue, el tonteo, es omnipresente, tras abanicos y cortinajes, notitas perfumadas y rozar de dedos, que a más no suele llegarse, pero alegra el aburrimiento de siempre lo mismo.

A fin de siglo, Goya y Cayetana lo subliman. Ella de maja. Él nunca llegó a petimetre, a pisaverde, a currutaco. Él sólo era don Francisco, y le bastaba.
Madrid dolorido, vivo, alegre y desangrado, rompeolas de las Españas, grito existencial. Madrid de Góngora jugador impenitente de todos los garitos, de Quevedo guasón de todas las situaciones, Madrid de los picos pardos y de las casas de conversación, Corte de los Milagros y milagro de vivir.

El Madrid de siempre.

M.ª Ángeles Fernández

Bibliografía
 Néstor Luján. Decidnos, ¿Quién mató al conde? Ed. Plaza y Janés. Barcelona, 1987. 
José Deleito. La mala vida en la España de Felipe IV. Alianza Editorial. Madrid, 1987. 
Ramón Gómez de la Serna. Madrid. Editorial Almarabú. Madrid, 1987. 
Francisco Santos. Día y noche de Madrid. Instituto de Estudios Madrileños. Madrid, 1976. 
Duque de Maura. Vida y reinado de Carlos II. Editorial Aguilar. Madrid, 1990.
Javier Rioyo. Madrid, casas de lenocinio, holganza y malvivir. Editorial Espasa Calpe. Madrid, 1991.

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