¿Creen ustedes que las tribus urbanas son un invento actual? Pues se equivocan. En el Madrid del XVIII hay una buena colección de ellas. Vamos a ver algunas.

En la zona más alta de la sociedad están los donlindos, algo así como el pijerío más recalcitrante de hoy: con dinero y sin oficio, hacen honor a su nombre gastando horas en acicalarse según la ultimísima moda, y las restantes en acudir a tertulias, teatros y paseos, casas de juego y mesones de cerveza y moza, que a veces es divertido mezclarse con la plebe. Inventan adornos y peinados, como el de castaña, que se caracteriza por una especie de moñito sobre el cuello, rodeado de rizos. De ellos, y ya con los Borbones, surge el petimetre, palabra que es una españolización del francés petit maître, algo así como directorcillo de salón. Generalmente pertenecen a la baja aristocracia, viajan y traen costumbres y modas: las medias de seda, el calzón ceñido, la camisa de volantes… Vamos, un primor.           

Su compañera de vanidades, la petimetra, es más o menos; pasea muchísimo para ver a todo el mundo, y organiza continuas fiestas para que la vean a ella. Se carga de joyas y encajes hasta el ridículo. Y su conversación es un galimatías de neologismos y palabritas tontas.           

Enfrente, e irreconciliable, de semejantes tontainas, está el majo. El majo madrileño aborrece al donlindo, al petimetre. Desprecia todo lo que sea de fuera y exagera su aspecto «racial»: camisa bordada, calzón estrecho, chaleco, zapato recio con hebilla, redecilla en la cabeza frente a los sombreros de ala, y siempre la capa española sobre sus hombros, nada de chaquetillas. Y nada de espadines, por supuesto: una buena navaja en la cintura, no siempre de adorno, que tiene vivo genio el majo: es arrogante, pendenciero, insolente.           

Como su compañera la maja: alegre, deslenguada, camina levantando los adoquines con sus tacones y el meneo de la falda. Su descaro la ha hecho famosa; es el prototipo de la mujer madrileña. Por algo decimos hoy «¡qué maja es!», que en expresión admirativa se ha quedado. Viven en Embajadores, Lavapiés, el Rastro.           

Y los chisperos, nombre que les viene de su oficio de herreros, habitantes de Barquillo, Belén, Jesús y María, Válgame Dios y San Francisco; los manolos, que suelen ser carpinteros y torneros; son más duros y vulgares que los majos, y su sueño es ser figura del toreo (que alguno lo fue) o dueños de casas de citas.

Todos ellos nos han quedado retratados: Goya, Atienza, los plasman en sus lienzos. La duquesa Cayetana viste como las majas en sus salidas bajo cuerda; ella y muchas aristócratas más, porque la gracia y la belleza de sus atavíos es mucho más hermoso, y más madrileño, que el de las petimetras. También se distinguen en el comer: el petimetre picotea extravagancias y muchos dulces. El majo se pone hasta arriba de cocido, callos y churros.           

El petimetre danza en los salones. El majo lo tiene a desdoro de su hombría: ve bailar a la maja, que lo hace divinamente.           

El petimetre, si ofendido, desafía en duelo… y no acude las más de las veces. El majo, por un «buenos días» con mal tono, saca la navaja y te deja en el sitio.           

El petimetre degusta chocolate. El majo se echa al coleto una jarra de vino que acompaña con torreznos.           

Y no se soportan unos a otros. Vamos, como ahora. Tribus urbanas, modos de vivir y ver la vida, gentes que han creado este Madrid nuestro del siglo en siglo. Y de cada uno de los cuales queda algo: los pijos, los horteras, las pandillas…           

Ahí están todos. Búsquenlos. Y póngales nombres.

M.ª Ángeles Fernández

Historiadora de Arte

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