Organización Internacional Nueva Acrópolis en Madrid
 Sábado, 31 Julio 2010 Organización Internacional Nueva Acrópolis en Madrid 
 Efemérides 1944 - Fallece Antoine de Saint-Exupery, aviador y escritor francés.
La intervención del azar sólo favorece a aquellas mentes que están preparadas para hacer descubrimientos por un estudio paciente y un esfuerzo perseverante (Louis Pasteur)
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  Saint-Exupéry, un humanista del siglo XX
Saint-Exupéry, un humanista del siglo XX El 31 de julio de 1944, el comandante Antoine de Saint-Exupéry fue abatido por la aviación de caza alemana en algún lugar a la altura de la Costa Azul, cuando volvía de una misión de reconocimiento aéreo

en la región de Grenoble-Annecy. Había despegado por la mañana de Bastia-Borgho, en Córcega, al mando de un bimotor monoplaza P38 Lightning, aparato rápido y ultra sofisticado reservado a los pilotos de menos de treinta años. ¡Venía de cumplir cuarenta y cuatro!
El “decano de los pilotos de guerra” había tenido que disputarse casi a la fuerza sus últimas misiones en los estados mayores para participar en la reconquista de su país.
El “Mayor EX”, como le llamaban los americanos que no podían pronunciar su nombre, siempre prefirió los hechos a los discursos. Una de sus últimas cartas nos revela su estado de ánimo algunos días antes de esta última salida: “Lo que pensé, siempre lo hice. Si no fui partidario de De Gaulle en Nueva York, es porque su política de odio no era para mí la verdad. No fue ni por temor a la guerra ni por amor a la ociosidad. Me reprocharon mi vida en Nueva York, me injuriaron. Hoy, estoy contento de poder declarar, comprometiéndome hasta mis entrañas, que soy puro”. Y otra carta del mismo estilo revela la gran inquietud que tenía: “Si me matan en la guerra, me da igual (…) Pero si vuelvo vivo… se plantea para mí un solo problema, ¿qué resta por decirles a los hombres?”.
Toda la obra sublime de Saint-Exupéry, escrita en filigrana de su vida aventurera, es una larga búsqueda inspirada por esta cuestión esencial. Sería inútil querer resumir en pocas líneas esta vida, demasiado breve, pero tan prodigiosamente rica de experiencias, de creaciones y de encuentros, y el contenido de una obra que llega a lo universal con una rectitud incomparable. El mejor homenaje que se le puede rendir es leerle y releerle.

Antoine de Saint-Exupéry nació con el siglo, en Lyon, el 29 de junio de 1900. Es el tercero de una familia de cinco hijos procedente de una estirpe aristocrática provincial. A los cuatro años se queda huérfano de padre. En 1926, la Sociedad de Aviación Latécoère le contrata y, al poco tiempo, es piloto civil, asegurando las líneas aeropostales Toulouse-Casablanca y Dakar-Casablanca con un equipo de pioneros, entre los cuales Mermoz y Guillaumet serán sus mejores amigos. Ascendió a jefe de correos en el aeródromo de Cap Juby en plena disidencia marroquí. La experiencia del desierto, que desanimaba a muchos de los suyos, tomará para él un valor iniciático. Comprueba por primera vez su antigua certidumbre de que los hombres no son siempre “brutos”, y que un poco de atención humilde transforma todas las relaciones. Se da cuenta de que las gentes con otras costumbres e idiosincrasias se parecen, de que las diferencias son únicamente superficiales. Vuelve del desierto convencido de la unidad humana y con su libro escrito, porque por las noches, en su cabaña de madera, “este gran tipo extraño que no hace nada, como todo el mundo” escribe Courrier du Sud (Correo del Sur), como homenaje a los pilotos de la Línea.
El libro se publicará en la Editorial Gallimard en 1929.
En octubre del mismo año llega a Buenos Aires. Es nombrado director de explotación de la Compañía General Aeropostal, antigua Sociedad de Aviación Latécoère. Su misión es organizar y ampliar la red aérea abierta en toda la costa de América del Sur mientras se espera el enlace trasatlántico con Dakar. Este enlace es triunfalmente inaugurado por Mermoz y su dotación el 12 de mayo de 1930 y permite reducir la conexión París-Santiago a cinco días. Un mes antes, Saint-Exupéry había inaugurado la línea de Patagonia llegando a Río Gallegos, la última ciudad antes del estrecho de Magallanes. Al llegar el invierno, el clima se hace despiadado: es el fin del mundo, “el país de las piedras que ruedan” bajo el soplo de los ciclones, de lo cual el escritor nos dejará una descripción sorprendente. La Línea representa un desafío permanente en los extremos del desierto, del océano, de la selva, de las montañas y del clima. El renombre de la compañía está en su cenit, sus empleados son héroes. Saint-Exupéry lleva una vida trepidante, rodeado de amigos y amigas; dirige esta red con autoridad y exactitud. Una segunda novela se está gestando: Vol de Nuit (Vuelo nocturno).
La literatura triunfa, el amor también. Conoce a Consuelo Suncin, viuda del periodista Gómez Carillo, “una viva morenita”, con quien se casa en Agay en abril de 1931, durante un permiso de dos meses en Francia. En aquel momento estalla el “affaire del Aeropostal”, desembocando en un enorme escándalo político-financiero que sacude Francia. La Aeropostal agoniza, el novio pierde su situación, las preocupaciones financieras amargarán su vida durante diez años.
Vuelo nocturno se publica en el otoño y provoca un revuelo: es un alegato vibrante a favor de la Línea. André Gide da su aval con la siguiente cita en su prólogo: “Creo que lo que gusta en este relato estremecedor es su nobleza. Las debilidades, los abandonos, las decadencias del hombre los conocemos, y la literatura de nuestros días es muy hábil en denunciarlos; pero esta superación de uno mismo, que se logra por la voluntad, es lo que necesitamos que nos enseñen”.
Saint-Exupéry se interesa cada vez más por el mundo y por los sistemas políticos. La economía, la ciencia, la política absorben todas sus reflexiones. Confronta incansablemente a los militantes de todas las causas, deplora las divisiones que la ignorancia crea entre los hombres. La ausencia de espíritu de síntesis le enerva. “Es la época en que sus cuadernos, de los cuales no se separa, están llenos de pensamientos sobre el poder, el gobierno de los hombres, la ideologías. Da la impresión de perseguir una verdad inalcanzable, con una gran severidad hacia los sistemas que desprecian la misteriosa parte ascendente del hombre. El hombre está falto de lenguaje y, por lo tanto, de conceptos, afirma Saint-Exupéry con insistencia. Las ideas a las cuales la gente se aferra –marxistas, fascistas, nazis, capitalistas–, tan opuestas como parecen, son igualmente desastrosas porque carecen de lo único que cuenta: el perfeccionamiento de las relaciones humanas; en una palabra, la ascensión de la especie”.
Sigue pilotando en las circunstancias más diversas, coleccionando accidentes, de los cuales cada vez se salva milagrosamente. En el otoño de 1933 es piloto de pruebas en la Sociedad Latécoère para probar 40 hidroaviones torpederos; termina este período con un fatal amerizaje en la bahía de Saint-Raphaël. En diciembre de 1934 deposita una solicitud de patente para un dispositivo de aterrizaje. Es el primero de una serie de catorce que nunca fueron explotados, pero la mayoría de las ideas que contienen se encontrarán en aparatos americanos. En mayo de 1935, en un reportaje en Moscú, le cuesta encontrar la inspiración, pero sus seis artículos publicados en Paris-Soir tendrán un éxito clamoroso. En diciembre, las incursiones aéreas París-Saigón, que realiza con su mecánico, André Prevost, terminan con una caída en el desierto de Libia. En tres días, los dos hombres caminarán más de 200 kilómetros, sin alimento, bajo un sol ardiente, hasta que un beduino les encuentra medio muertos de hambre. La dirección del Intransigeant, que financiaba la operación, lo encierra en El Cairo, en su habitación del hotel, exigiéndole un reportaje. En dos semanas, redacta una serie titulada Prisión de arena: nadie hasta entonces había leído tal descripción de sed, espejismo, agonía. La celebridad de Saint-Exupéry nunca ha sido tan fuerte, su indigencia tan grande. En julio de 1936 estalla la guerra civil española. Enviado a la Barcelona anarquista en agosto, vuelve con un reportaje sobrecogedor (“aquí se fusila como se tala”), más otros tres, en abril de 1937, desde Madrid, donde se percibe la piedad, la admiración contenida, la exaltación del compromiso de los humildes.
Piensa en el destino de la Humanidad, más allá de las discusiones de partidos y de creencias, llenas de gigantescas tragedias. Mide el embrutecimiento general de Europa. ¡Cuántas degradaciones en diez años! Las divisiones estallan. Los seguidores de todos los partidos “se juntan sin ninguna claridad de lenguaje, y empiezan unas discusiones incoherentes de locos”. Las facciones únicamente sustentan la fragmentación de los individuos. “Devuélvannos la universalidad del hombre, devuélvannos la eternidad”, anota Saint-Exupéry para sí mismo.
Desea cambiar de aires para ver más claro y renovar su inspiración. Huir de la atmósfera loca que reina en Francia, huir de un matrimonio que le pesa cada vez más, pero que no puede romper. El Ministerio del Aire acepta su propuesta de un trayecto Nueva York-Tierra de Fuego, que empieza el 15 de febrero de 1938. Pero el Simoun hace que fracase su despegue en la escala de Guatemala y el aparato se estrella, haciéndose añicos, desde 150 metros de altura. Saint-Exupéry se queda ocho días sin conocimiento, con ocho fracturas de las cuales nunca se repondrá completamente. Para su convalecencia, el general Donovan le ofrece hospitalidad en su magnífico apartamento, que domina el East River. El don de simpatía de los neoyorquinos le sorprende y le encanta, la metrópolis le fascina, el país entero le seduce plenamente. Aprecia el contraste entre esta América pacífica y fuerte y la vieja Europa carcomida y convulsiva. Aprovecha su descanso forzado para repasar todo lo que ha escrito y conservado en siete años. El libro que sacará de ello será la síntesis de diez años de experiencias relacionadas con los mismos temas, una especie de compilación de sí mismo. Los editores Reynal y Hitchcock le solicitan. Entrega sus apuntes al traductor Lewis Galantière, antes de su salida en abril, para extractar todo aquello que pudiera interesar al público americano bajo el nombre de “Viento, arena y estrellas”. El 13 de diciembre de 1938 firma, por fin, en París las pruebas de Tierra de hombres, cuyo manuscrito original era dos veces más largo que el texto impreso. “Este libro delgado, tantas veces modificado, que hubo que arrancárselo para terminar de imprimirlo, habla un idioma que cada uno, aunque sea fugitivamente, deseó escuchar, el lenguaje desconocido y, sin embargo, reconocible de la fraternidad. Cada una de las breves experiencias contenidas en Tierra de hombres habla directamente al corazón. Esta lengua sigue encantando a aquellos que no han enterrado completamente las preocupaciones del mundo. Todo sirve de pretexto, todo provoca un gran rumor de universalidad; de Tierra de hombres surge una atención única a la condición humana, atención tierna que todo lo aprovecha, pero que retiene nada más que lo bello y lo grande”.
En la primavera de 1939, un reportaje en la Alemania hitleriana le confirma inmediatamente las intenciones belicosas de un régimen que una Francia inconsciente y amorfa se obstina en considerar con un pacifismo suicida. El antiguo adepto de Marx y de Nietzsche rechaza el marxismo y el nazismo, que llevan directamente a la tiranía, y lamenta definitivamente que “la democracia administra, no gobierna”. ¿Hacia dónde tornarse, se pregunta, para gobernar a los hombres?
En septiembre de 1939 su capitán recibe orden de movilización hacia Toulouse-Montaudran, cuna de sus hazañas. Se siente desgastado, los nacionalistas le consternan, solo el hombre le interesa, pero su deber le llama: quiere luchar. De tanto insistir, termina por unirse al 2/33, segundo grupo de la 33.ª escuadra de reconocimiento. El 10 de mayo de 1940, Hitler invade los Países Bajos y Bélgica. Empieza la guerra. El 23 de mayo, el capitán de Saint-Exupéry despega de Orly para una misión de reconocimiento a media altura encima de Arras. “Millones de hombres vivieron esta 108.ª misión del 2/33, ejecutada por tres aviadores, y siguen viviéndola desde hace más de cincuenta años en el mundo entero. La pequeña aventura que supuso el vuelo por encima de una pequeña ciudad del norte de Francia, a finales del mes de mayo de 1940, ha tomado un valor universal a través de un pequeño libro titulado Piloto de guerra, escrito dos años más tarde, en el exilio, en Estados Unidos. “La guerra ha cambiado de naturaleza en este siglo; sólo un aviador podía decirlo. Arras en llamas le autorizó.”
Francia vive un desastre, la nación pierde sus entrañas. Pétain firma el armisticio el 23 de junio de 1940. Saint-Exupéry, desmovilizado en Argel en julio, desembarca en Marsella. Lo irreparable salta a la vista, su país ya no existe. La miseria general le hace olvidar la suya. “Ciudadela” es su refugio, trabaja de noche frente al mar. “Hace alarde de frases suntuosas que hablan de amor y de grandeza contra el hundimiento presente, con la desesperada preocupación de dar parte a la resurrección de su nación vencida”. Pero ya no le queda nada que hacer en Francia, donde ya no puede ni pilotar ni escribir. Los ingleses y De Gaulle no ejercen ninguna atracción sobre él. Sabe que América sola tiene bastante peso para cambiar por completo la situación y que hay que mostrar a los americanos que la guerra contra Hitler es un deber de la especie, que toda la Humanidad está envuelta. Se enfrenta a un horroroso dilema: ¿debe marcharse o quedarse en Francia para compartir la miseria de los vencidos? Durante un largo tiempo indeciso, termina por marcharse, estimándose más útil en América, y desembarca en Nueva York el 31 de diciembre de 1940. Todos los problemas materiales que le perseguían desde su salida de Argentina desaparecen de un golpe, recibiendo los derechos de autor acumulados por “Viento, arena y estrellas”.
Es famoso y podría llevar en Nueva York la vida más brillante, pero prefiere mantenerse apartado de América como si temiera alienarse. Sólo piensa en volver a luchar, negándose a tomar partido entre las facciones, sin llegar a condenar este armisticio inevitable que considera como una simple tregua antes del sobresalto. “Si te niegas a ser responsable de las derrotas, no lo serás de las victorias…” anota Saint-Exupéry. Está desamparado, pero esconde su desolación, que conjura escribiendo. El exilio será, desde este punto de vista, el período más rico de su vida.
Pasa el verano de 1941 en California, invitado por Jean Rendir en Hollywood. Se consagra con furor a la redacción de “Piloto de guerra” (Flight to Arras) para que América comprenda lo que fue la campaña de Francia. Vuelve a Nueva York en noviembre, donde sería el más buscado de los hombres si no reservase a su trabajo la parte más importante de su vida. Pearl Harbour es aniquilada el 7 de diciembre. Al día siguiente, Hitler declara la guerra a los Estados Unidos. La suerte está, por fin, echada. “Piloto de guerra” se publica dos meses más tarde; su venta alcanza la cima. Esta obra es “la declaración de identidad más bella que Francia derrotada puede hacer a los Estados Unidos, por fin envueltos, como ella, en el mismo combate”. Al mismo tiempo, pasa a la Francia ocupada, donde será difundido en diciembre de 1942 el “maravilloso” regalo de Navidad a la nación aplastada, al término del año más negro de humillación. Los que antes de la catástrofe solo habían pensado en ellos y se habían quedado alelados con el desastre, de repente percibían sus debilidades. Habían desdeñado su país hasta entonces y nunca habían imaginado que su derrumbamiento podría perjudicarles hasta este punto”.
El año 1942 está bajo el signo de la acuarela y las innumerables representaciones de un niño rubio, provisto de una larga bufanda flotante. “El Principito” empieza su viaje a través de las debilidades humanas, que hacen la desgracia del mundo, y que, al mismo tiempo, enseñan el secreto transparente de la felicidad. “Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo se ve con el corazón”. Es un verdadero breviario de la esperanza, el vademécum del amor, comentó recientemente E. Drewermann. Y añade: “si fuera necesaria una prueba de que nuestro perturbado siglo es capaz de producir un cuento de valor intemporal, este libro aparecería como el más apto para darla”. Es a orillas del mar en Long Island (Connecticut), y más precisamente en Westport y Northport-Eatons Neck donde Saint Exupéry, que huye del canicular verano neoyorquino, se consagra a esta nueva obra maestra.
Lanza mensajes insistentes. El 25 de mayo, lo hace a los jóvenes americanos, invitándoles a construir la comunidad de los hombres, exaltando el espíritu de sacrificio, el don gratuito. El 29 de noviembre, su “carta abierta a los franceses de todas partes” es un nuevo llamamiento a la reconciliación y a la superación. En febrero de 1943, su “Carta a un rehén”, dedicada a su amigo Léon Perth, es un nuevo alegato para la fraternidad, la lucha contra el invasor y  la construcción de una sociedad más justa. Afirma que “una política solo tiene sentido si está al servicio de una evidencia espiritual”.
“El Principito”, publicado en marzo de 1943, algunos días antes de su embarco, es un último adiós a América. Este himno a la transparencia del corazón y al espíritu de la infancia no recibe buenas críticas inicialmente. Desembarca en Argel. Se ocupa frenéticamente del reingreso a su antigua escuadra, a la cual quería volver a toda costa. En julio de 1943 manda una “carta al General X”, donde estalla su visceral asco por una sociedad donde el hombre ya no tiene sentido.
A partir de entonces, se consagra sin descanso a “Ciudadela”, su obra maestra, comenzada en 1936. No es de extrañar que el escritor haya querido hacer de ella el “libro de su vida”, suma de experiencia, de pensamientos y de sabiduría: realización literaria por añadidura. “Al lado de este escrito, mis demás libros son solo ejercicios”, dirá Saint-Exupéry. Las partes acabadas son piezas de antología, pero no se sabe qué lugar hubieran ocupado en el conjunto. Saint-Exupéry quería trabajar otros diez años en ello. Su desaparición prematura nos deja una obra inacabada. El poema tomó forma en 1939, se compuso en su mayor parte en Nueva York y se complementó en Argel, cuando Saint-Exupéry estaba en reserva de mando (agosto de 1943-mayo de 1944). África simboliza la última escala, así como fue también la primera.
La África del desierto es la imagen de esta reducción a lo esencial de la aventura interior, como Saint-Exupéry nos la presenta en dos alegorías diferentes, pero complementarias: la del Principito, caído de un minúsculo planeta sobre el nuestro, a la búsqueda de un amigo; y la de un caíd de una tribu berebere, fundador de la civilización y constructor de un Imperio. Considerando, de una parte, que “el hombre es el que lleva dentro de sí algo más grande que sí mismo” y, por otra, que “una civilización descansa sobre lo que se exige de los hombres, y no sobre lo que les es dado”, nos invita a fundar una de estas civilizaciones que “abren al hombre a su riqueza interior” y a inventar un Imperio, no donde todo sea perfecto, sino “donde, sencillamente, todo sea fervoroso”. Saint-Exupéry nos confía la última ambición del caíd: “Nació en mí el perdurable deseo de construir almas”. Esto resume la empresa de “Ciudadela” y la obra de toda una vida consagrada a la búsqueda de un nuevo humanismo.
El inmenso talento de Saint-Exupéry le vale el derecho de ser el autor francés contemporáneo, sin ninguna duda, más leído hoy en el mundo. Su destacada lucidez e intuición, su generosidad natural, su estilo ligero, su adhesión indefectible a sus ideales hacen de él, más que nunca, un precursor y una figura emblemática de civilizador confrontado a un mundo despavorido y desencantado. Este visionario forma parte de la rara especie que tira de todo el resto del género humano, sin pretender nada a cambio.

Autor: Néstor Streel
Nueva Acrópolis Bélgica


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