Paco era un perro que vivió en Madrid en el último cuarto del siglo XIX. No había madrileño que no conociera sus andanzas, pues la prensa local solía informar con frecuencia de sus paseos diarios por las tertulias de los cafés de la época. Amigo de pintores y literatos, era también aficionado a los espectáculos taurinos, donde tenía siempre un sitio reservado. Esa fue su perdición.

Nadie sabe con exactitud cómo salió del anonimato para saltar a la popularidad. Sin dueño y sin hospedaje, era un perro que deambulaba por el Madrid de todos, pero algo tendría el animal, pues perros callejeros había muchos, y solo uno consiguió un sitio preferente entre los ilustrados de la capital.

Un buen día de 1879 se presentó sin pedir permiso en el café Fornos, situado en una esquina de la calle Alcalá, que gozaba de gran prestigio por albergar una distinguida tertulia. Allí se conocieron Unamuno y Pío Baroja, y acudieron habitualmente ilustres visitantes como Alfonso XII y Amadeo de Saboya. Aquel perro negro, sin raza conocida, de cola mutilada, cuyo retrato saldría después varias veces en el ABC, llamó en seguida la atención de todos los comensales al presentarse con su innata chulería castiza, con paso firme pero sin ofender. Y fue tal la reacción agradecida del perro, dando volteretas, cuando le dieron algo de comer, que aquel día cenó gratis, y a partir de entonces, todos los días. El marqués de Bogaraya se convirtió en ese instante en uno de sus protectores.

El perro Paco no siempre se alimentaba en el Fornos. Solía alternar con otros lugares de concurrencia selecta, como el café Suizo, a pocos metros de allí, o el café Imperial, favorito de los toreros. También acudía a estrenos teatrales en el Teatro Real o a sesiones del Parlamento. Los mangueros encargados de las bocas de riego se encargaban de su baño diario. Era todo un personaje.

El Imparcial, un diario de la época, lo retrataba así: «Es un perro que viste, al parecer, de etiqueta, frac negro, muy corto de rabo, calzón ajustado, negro, a la portuguesa, media negra y zapato negro y, entre las solapas del frac emerge una pechera blanca como la nieve».

Leopoldo Alas Clarín lo convirtió en personaje de uno de sus Cuentos morales:

«Le presentaron al perro Paco. El Quin [el perro Quin] le saludó con mucha frialdad. Le caló en seguida. Era un poseur, un cómico, un bufón público. (...) El perro Paco tenía la poca dignidad de hacer valer aquellas habilidades que otros canes ocultaban por pudor, por dignidad, por no merecer la aclamación humillante de los hombres, que se asombraban de que un perro tuviera sentido común».

José María de Pereda le menciona en su Pedro Sánchez:

«Entonces la gozaba un grotesco personaje llamado Don Pepito, como la gozó luego Cepedita; no sé quién después, y últimamente el perro Paco».

Se compuso para él una polka canesca, de título El perro Paco, que se vendía en el almacén de música que había en la calle del Correo, y se conserva otra polca titulada Perro paco: polca popular humorística, además de la pieza musical Al malogrado Perro Paco: marcha fúnebre para piano yLa bonita y nueva canción del célebre perro Paco, dentro de la zarzuela Luces y sombras. Estas cuatro obras se encuentran disponibles en la Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional.

También circuló por Madrid un escrito anónimo sobre su vida titulado Memorias autobiográficas de don Paco, de 320 páginas, cuya autoría se atribuyó a un personaje de muy alta alcurnia.

Nunca aceptó amo alguno, pues cada vez que alguien lo quería adoptar, se negaba a comer y a beber para que le dejaran nuevamente suelto y pernoctar en su lugar de siempre, las cocheras del tranvía de Fuencarral.

Su vida social era conocida y publicada: acudía a las carreras de caballos en el hipódromo de la Castellana, se presentaba en procesiones y paradas militares y se divertía en los toros. Tal era su afición a las corridas que llegó a tener un lugar reservado en la antigua plaza de toros de Felipe II, donde hoy está el Palacio de Deportes, concretamente en el tendido número 9.

Los periódicos de la década de los 80 del siglo XIX informaban puntualmente y con detalle de cualquier novillada. Era la época de gloria de toreros como el Gallo, Frascuelo o el Lagartijo. De la que narraban los lances del toreo, contaban también cuál había sido el comportamiento del perro Paco, pues no pocas veces saltaba al ruedo y se tiraba a morder el hocico de la res, lo que hacía las delicias del público y provocaba la indignación del torero. Las crónicas detallaban cuántos revolcones se llevaba y cuál era el parte médico (del perro).

Una día de junio de 1882, la afición se congregó en la plaza para disfrutar de una becerrada organizada por el gremio de vinateros. Aquella tarde, el novillero Pepe el de Galápagos se disponía a rematar su faena dando muerte al becerro, cuando el perro Paco se interpuso en su camino, como era su costumbre. El becerro tropezó y tiró al suelo al torero. El torero, herido en su dignidad y en su paciencia, se lanzó iracundo contra el perro y lo atravesó de una estocada ante el estupor del público. Aunque lo recogieron e intentaron reanimarlo, nada se pudo hacer para salvar su vida. Paco, el perro de los madrileños, había acabado su tiempo de correrías.

A la mañana siguiente, una nota en la prensa informó a todo aquel que todavía no se había enterado del triste suceso:

«El perro Paco ha fallecido víctima de las dolencias que le aquejaban. El disecador Sr. Severini se ha encargado de embalsamarlo, y el cuerpo inanimado de Paco será expuesto en el establecimiento. Después es probable que se venda en pública subasta y pase a figurar en el museo de perros célebres que debe crearse. Paco deja un vacío difícil de llenar como fundador de la clase de bohemios de la raza canina. Acompañamos a sus admiradores en su justo dolor y pedimos un castigo para el asesino».

Fueron multitud los madrileños que se acercaron conmocionados a darle su adiós. Ya no podrían disfrutar de sus nuevas aventuras, pero tenían muchas en sus recuerdos recientes. Y el perro Paco se convirtió en leyenda.

Descanse en paz.

E. M.

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