Madrid ha sido cuna de grandes personajes. Algunos de ellos gozaron siempre del favor de los madrileños. Este fue el caso de la infanta Isabel de Borbón, apodada cariñosamente la Chata. Su sangre real la llevó a cumplir un papel de Estado importante cuando la monarquía pasaba por momentos difíciles y la confianza del pueblo en la Corona se tambaleaba. Ella colaboró eficazmente en la restauración monárquica y ejerció de embajadora real en toda clase de actividades institucionales, a la vez que participaba en romerías y celebraciones lúdicas populares.

La Plaza de Oriente es el sitio de Madrid donde hay más estatuas de reyes. En realidad, no hay tantas estatuas de reyes juntas en ningún otro sitio del mundo. El caso es que estaban destinadas a ir colocadas en la fachada de un edificio, el del Palacio Real (estas y algunas otras que están dispersas en otros lugares), y terminaron en el suelo por culpa de una pesadilla. Esta sí que es una historia. Y madrileña cien por cien.

El tiempo mueve sus vientos, que borran las imágenes de objetos y seres que estuvieron presentes una vez. En los espacios que habitaron, se alzan ahora paisajes renovados con formas nuevas que, aunque parece que durarán siempre, son inevitablemente pasajeras como las que las precedieron.
En el número 6 de la calle Lepanto, en el distrito Centro, existió una vez una Casa de las Matemáticas, un edificio desaparecido que fue la vivienda de la figura más importante de la arquitectura española de la primera mitad del siglo XVII. Hoy podemos contemplar algunas de sus mejores creaciones mientras paseamos por las calles de Madrid.

Ramón Gómez de la Serna, aquel madrileño de hace cien años que inventó la greguería, nos dejó montones de escritos de muy diversos temas sobre humor, biografías o costumbres, utilizando para ello las más diversas formas literarias, como ensayos, novelas o teatro, pero siempre con ese espíritu vanguardista que lo enfrentaba a las convenciones de su tiempo y lo conserva tan actual para el nuestro. Entre las descripciones de los lugares que conocía muy bien, hay uno muy madrileño: el Rastro. Gómez de la Serna lo paseó y lo interiorizó, y con su cóctel habitual de pensamiento y realidad lo describió a su manera.

Miguel Hernández ocupa un lugar preferente en las letras españolas. Su poesía, viva a través del tiempo, nos hace sentir todavía hoy fuertes emociones. Como todos los de su generación, se vio obligado a elegir bando en una guerra fratricida entre españoles. Y como en todos los bandos, nada fue totalmente bueno ni totalmente malo. Pero entonces como ahora, Madrid era la puerta que permitía salir de provincias a cualquiera que se quisiera forjar un futuro mejor, acorde con sus propias aspiraciones personales, intelectuales o profesionales.

Lejos de lo que algunos creen, la Real Academia Española no es una vetusta institución en la que se reúnen algunas personas de edad porque su hobby común es el lenguaje y les encanta la gramática. Qué va. La RAE es un organismo del siglo XXI, capaz de utilizar las modernas tecnologías para poner claridad (y un poco de orden) en un idioma que hablan más de 500 millones de personas en todo el mundo y que trabaja activamente para que nuestra lengua, que se utiliza en varios continentes, conserve su unidad esencial, adaptándose a los movimientos que toda lengua viva posee.

El Palacio Real de Madrid es uno de palacios más imponentes de toda Europa. Declarado Bien de Interés Cultural y gestionado por Patrimonio Nacional, está rodeado por los jardines del Campo del Moro, la plaza de Oriente, la catedral de la Almudena y los jardines de Sabatini. Alberga en su interior colecciones artísticas de enorme valor, como lámparas, tapices, muebles suntuosos, bronces, pinturas, esculturas, bordados de seda y frescos en sus techos. Fue residencia real en otros tiempos; actualmente, acoge banquetes de Estado de gala o la acreditación de embajadores ante el rey.

Muchos urbanitas no sabríamos que el madroño es un componente relevante de la familia vegetal si no lo viéramos continuamente con el oso que no le quita nunca las patas de encima. Y ya, cuando lo vemos con un tamaño respetable y en tres dimensiones, de duro material sólido, entonces nos convencemos de que existe, de que es como de nuestra familia y de que estamos en Madrid. Concretamente en la Plaza del Sol.

¿Habrá un cuadro más estudiado que Las meninas de Velázquez? Los especialistas en arte lo admiran por su maestría, y los que somos legos en la materia lo admiramos sin saber explicar por qué. A pesar de tener un gran tamaño para un lienzo, condensa en poco espacio gran cantidad de historias, de significados, de enigmas.... En cualquier lugar del mundo se ha oído hablar de Las meninas de Velázquez, su obra maestra. Por eso, mucha gente quiere verlo de cerca, al natural. ¿Dónde? En el Museo del Prado, en el corazón de Madrid.

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