Esquilache era un marqués que se llamaba Leopoldo, más concretamente Leopoldo de Gregorio, y tuvo la fortuna de aparecer en una época en que los pudientes decidieron que era mejor cultivar las ciencias y el conocimiento en general que ser un ignorante marimandón. Con seguridad hizo cosas buenas, pero todos le recordamos porque un día se le ocurrió prohibir los sombreros de ala ancha y las capas largas con las que los hombres se embozaban y eran irreconocibles (sobre todo en la noche, cuando todavía no había luz eléctrica) y con las que podían esconder armas cómodamente. El famoso motín que lleva su nombre comenzó en Madrid.

Sorprenden las antiguas fotos del río madrileño (bueno, antiguas... de hace un siglo) en las que se ven ropas secándose al sol colgadas en tenderetes de palos y pequeños troncos, con mujeres y niños alrededor, y los ojos del puente observando imperturbables la pequeña vida de los humanos. Allí estaban las lavanderas del Manzanares. Aquellas, fueron mujeres con una vida difícil (mujeres, sí, porque no había «lavanderos»), con apenas lo necesario para sobrevivir. Lograron pervivir en las fotos; pero también de la mano de los artistas, que les otorgaron un protagonismo que la vida real les negaba, como en este cuadro de Casimiro Sainz.

El título de mejor alcalde de Madrid lo ostenta, desde hace mucho tiempo, el rey Carlos III, y bien merecido que lo tiene. Son tantas sus obras de mejoramiento de la ciudad y fue tal el espíritu ilustrado que supo infundir en su gobierno, rodeándose de ministros y asesores con su mismo empuje reformador y de amor por las artes y las ciencias, que nadie ha osado disputarle su título honorífico de buen alcalde. Madrid es hoy como él soñó que fuera.

Allá por el año 1735, un grupo de literatos y eruditos que solía reunirse para investigar sobre los hechos históricos decidieron dirigirse al rey Felipe V para que institucionalizara su actividad. De esta manera, aquella tertulia que se preocupaba por el estudio del pasado quedó convertida en la Real Academia de la Historia, fruto del espíritu ilustrado del siglo XVIII. Desde entonces, la corporación mantiene un vínculo con la Corona, ya que el rey es su patrono. Madrid acoge a tan benemérita institución.

La Real Academia recoge en su Diccionario de la lengua española varias formas complejas relacionadas con la acepción casa, es decir, varias combinaciones de palabras que expresan un concepto no interpretable mediante la simple suma de los significados de sus componentes. Una de estas formas complejas es «casa de tócame Roque», que define como una forma coloquial de aludir a una casa en la que vive mucha gente con gran desorden. Lo que no pone la Real Academia (aunque lo sepa) es que la casa de tócame Roque existió en Madrid.

Algunas de las placas que están colocadas en los edificios de Madrid nos cuentan pequeños pedazos de historia, de historia madrileña. Los lugares, como las personas, llegan a adquirir su aspecto actual después de muchas experiencias acontecidas, de muchos episodios que explican lo que fue y lo que es ahora como consecuencia de lo que fue. Aunque el aspecto actual no se parezca en nada, todo espacio guarda de forma invisible una huella de lo que sucedió allí tiempo atrás. Eso ocurre con el Corral de Comedias de la Cruz, hoy en el recuerdo, pero en otra época, vivo y bullicioso.

Treinta años es un suspiro en la historia. Quienes caminan dejando huellas viven eternamente. Se van pero nos dejan su recuerdo, sus palabras, sus ideas, sus obras. Gerardo Diego hablaba en voz alta con la vida, y hoy todavía oímos su voz; escuchó a su musa, y nos demostró que la inspiración existe; pintó de palabras las imágenes y constatamos que el arte conmueve y eleva. Hace un ratito, poco más de treinta años, vivió en esta casa de Madrid, en el n.º 9 de Covarrubias del distrito de Chamberí.


Todos los viajes en el tiempo tienen un componente de misterio, de magia y de atractivo que resulta difícil de rechazar. Cualquier lugar que contenga elementos que fueron utilizados por los humanos en algún momento del pasado, vuelve a recobrar la vida mágicamente y a mostrarnos un escenario en el que sucedieron acontecimientos reales: una vez fue verdad. Una de esas ventanas del tiempo la encontramos en el Museo del Ferrocarril de Madrid.

Nuestro río Manzanares, el río de los madrileños, ya que nace y muere en tierras matritenses, siempre ha estado muy presente en la vida de la ciudad, en la cotidiana, en esa que Unamuno llamó intrahistoria. Cierto es que, a pesar de aparecer como figurante en muchos cuadros costumbristas (como en algunos de Goya) y de haber sido objeto de atención de numerosos escritores ilustres, en la mayoría de las ocasiones ha salido malparado de tal interés. Tal vez sea, simplemente, que el humor castizo no perdona desde hace siglos, y las chanzas y las burlas, unidas siempre a un ingenio prodigioso que pugna por manifestarse, han provocado que el Manzanares sea protagonista de muchos versos.

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