Corría el año 1777; el rey Carlos III gobernaba en España y, lo que es más importante, residía en Madrid. Había decidido modernizar la capital de su reino, su ciudad, de la que acabó siendo «el mejor alcalde». La fuente de Neptuno nació con uno de sus grandes proyectos.

Si tuviéramos que elegir un símbolo que identifica a Madrid, uno de los que más papeletas tendría para ganar sería la fuente de Cibeles. La imagen de la diosa grecolatina montada en su carro tirado por leones nos lleva a Madrid casi sin quererlo. La hermosa fuente monumental, rodeada de magníficos palacios, está situada en un lugar estratégico de la ciudad en la plaza del mismo nombre.

El Olimpo de los dioses permite la presencia de sus representantes divinos en aquellos sitios de la Tierra en donde son recordados. Madrid no ha perdido nunca esta conexión con los panteones griego y romano, siempre presentes en la capital de España, y son varios los dioses que viven en la ciudad.

Si hay un género musical español por excelencia, ese es la zarzuela. Y si hay una ciudad que ha sido retratada como ninguna en la zarzuela, esa es Madrid. Y aquí tenemos un botón de muestra: La Gran Vía, una obra dedicada a una calle que todavía no existía (eso es previsión), con música de Federico Chueca y Joaquín Valverde y con un libreto de Felipe Pérez González.

Perro negro

Paco era un perro que vivió en Madrid en el último cuarto del siglo XIX. No había madrileño que no conociera sus andanzas, pues la prensa local solía informar con frecuencia de sus paseos diarios por las tertulias de los cafés de la época. Amigo de pintores y literatos, era también aficionado a los espectáculos taurinos, donde tenía siempre un sitio reservado. Esa fue su perdición.

Don Quijote ha derrotado al tiempo. El caballero de la triste figura, nacido hace más de cuatrocientos años de la pluma de Cervantes, nunca se quedó en aquel lugar de cuyo nombre no quiso acordarse, sino que traspasó fronteras, como buen caballero andante, y llegó adonde el mar se confundía con el horizonte, y, seguramente por el conjuro de algún hechicero, viajó en el tiempo. Hasta hoy.

 

Algo tendrá el cocido cuando le cantan tanto. Y no me refiero en esta ocasión al Cocidito madrileño de Pepe Blanco, sino a otro más antiguo que estaba un poco más deslavazao. Este lo cantaba una cupletista nacida en 1894, Blanquita Suárez, muy popular en los años 20 como cantante cómica. El documento sonoro, grabado en 1924, lo podemos encontrar en la Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional.

¡Cuántos secretos ha devorado el fuego a lo largo de los siglos! Si tuviéramos un espejo mágico que nos permitiera ver cómo fue lo que ya no existe, quedaríamos paralizados ante las maravillas que en el mundo existieron y que desaparecieron de la faz de la tierra y, por tanto, de la memoria de los seres humanos. En Madrid, tenemos un modesto ejemplo, el Real Alcázar.

La Alegoría de la villa de Madrid es un cuadro de grandes proporciones (2,60 m x 1,95 m) pintado por Francisco de Goya. Actualmente se encuentra en el Museo de Historia de Madrid. Pocos cuadros conocemos que hayan tenido que ser modificados tantas veces, no por falta de pericia del artista, que queda fuera de toda duda, sino por motivaciones políticas. 

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