¿Hay algo más madrileño que un chotis? ¿Hay un título que muestre más claramente cuál es la ciudad protagonista que el que se llama «Madrid»? Pues sí, el chotis Madrid viene sonando desde 1948 llevando el nombre de la capital española por todo el mundo. Su compositor, Agustín Lara, no era madrileño. Era mexicano, y aun así, el habla castiza se refleja en su letra. Hoy, como siempre, este chotis, llamándose Madrid, sigue ocupando un lugar preferente, pues después de más de setenta años ha demostrado que ha superado la barrera del tiempo.

Hay calles pequeñas con una historia grande. Y de esas tenemos bastantes en Madrid. Una de las que guarda recuerdos importantes de la historia, no solo de la capital, sino de España, es la que se llama 7 de Julio, que antes se conoció como calle de la Amargura. Pero ¿qué pasó aquel 7 de julio de 1822 en el centro de Madrid para que hoy queramos recordarlo y nos fijemos en la fecha con la que se grabó la placa que da el nombre actual a la pequeña calle? Pérez Galdós nos ayuda a recordar...

La fuente de Apolo tal vez no goce de la misma popularidad que las obras monumentales de Cibeles o Neptuno, y, sin embargo, forma parte del mismo conjunto que fue ideado en tiempos de Carlos III para remodelar el Paseo del Prado. Como las otras dos, la fuente de Apolo es una obra de estilo neoclásico y se la conoce también como Fuente de las Cuatro Estaciones. Fue diseñada por Ventura Rodríguez, uno de los más importantes arquitectos de su época, y se comenzó a construir en 1780. Madrid es su casa desde entonces.

Esquilache era un marqués que se llamaba Leopoldo, más concretamente Leopoldo de Gregorio, y tuvo la fortuna de aparecer en una época en que los pudientes decidieron que era mejor cultivar las ciencias y el conocimiento en general que ser un ignorante marimandón. Con seguridad hizo cosas buenas, pero todos le recordamos porque un día se le ocurrió prohibir los sombreros de ala ancha y las capas largas con las que los hombres se embozaban y eran irreconocibles (sobre todo en la noche, cuando todavía no había luz eléctrica) y con las que podían esconder armas cómodamente. El famoso motín que lleva su nombre comenzó en Madrid.

Sorprenden las antiguas fotos del río madrileño (bueno, antiguas... de hace un siglo) en las que se ven ropas secándose al sol colgadas en tenderetes de palos y pequeños troncos, con mujeres y niños alrededor, y los ojos del puente observando imperturbables la pequeña vida de los humanos. Allí estaban las lavanderas del Manzanares. Aquellas, fueron mujeres con una vida difícil (mujeres, sí, porque no había «lavanderos»), con apenas lo necesario para sobrevivir. Lograron pervivir en las fotos; pero también de la mano de los artistas, que les otorgaron un protagonismo que la vida real les negaba, como en este cuadro de Casimiro Sainz.

El título de mejor alcalde de Madrid lo ostenta, desde hace mucho tiempo, el rey Carlos III, y bien merecido que lo tiene. Son tantas sus obras de mejoramiento de la ciudad y fue tal el espíritu ilustrado que supo infundir en su gobierno, rodeándose de ministros y asesores con su mismo empuje reformador y de amor por las artes y las ciencias, que nadie ha osado disputarle su título honorífico de buen alcalde. Madrid es hoy como él soñó que fuera.

Allá por el año 1735, un grupo de literatos y eruditos que solía reunirse para investigar sobre los hechos históricos decidieron dirigirse al rey Felipe V para que institucionalizara su actividad. De esta manera, aquella tertulia que se preocupaba por el estudio del pasado quedó convertida en la Real Academia de la Historia, fruto del espíritu ilustrado del siglo XVIII. Desde entonces, la corporación mantiene un vínculo con la Corona, ya que el rey es su patrono. Madrid acoge a tan benemérita institución.

La Real Academia recoge en su Diccionario de la lengua española varias formas complejas relacionadas con la acepción casa, es decir, varias combinaciones de palabras que expresan un concepto no interpretable mediante la simple suma de los significados de sus componentes. Una de estas formas complejas es «casa de tócame Roque», que define como una forma coloquial de aludir a una casa en la que vive mucha gente con gran desorden. Lo que no pone la Real Academia (aunque lo sepa) es que la casa de tócame Roque existió en Madrid.

Algunas de las placas que están colocadas en los edificios de Madrid nos cuentan pequeños pedazos de historia, de historia madrileña. Los lugares, como las personas, llegan a adquirir su aspecto actual después de muchas experiencias acontecidas, de muchos episodios que explican lo que fue y lo que es ahora como consecuencia de lo que fue. Aunque el aspecto actual no se parezca en nada, todo espacio guarda de forma invisible una huella de lo que sucedió allí tiempo atrás. Eso ocurre con el Corral de Comedias de la Cruz, hoy en el recuerdo, pero en otra época, vivo y bullicioso.

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