Leones hay muchos en Madrid, pero ninguno que despierte tanta simpatía entre los visitantes como los leones que hay flanqueando las puertas del Congreso de los Diputados. Y, por supuesto, ninguno que haya sido tan fotografiado por tal cantidad de gente diversa procedente de todos los lugares del mundo. 


La historia de estos leones empezó una mañana de 1851, cuando dos leones diseñados por Ponciano Ponzano, escultor de la corte, que también era el responsable del frontispicio del Palacio de las Cortes, fueron colocados a las puertas del Congreso para proteger simbólicamente la actividad parlamentaria y la política de España, a la manera de los antiguos guardianes de las puertas de los templos de las grandes culturas.


En realidad, su historia había comenzado un poco antes, cuando fueron reclamados para materializarse y bajar del mundo de las ideas donde moraban tranquilamente. Y es que fueron unos invitados de última hora, puesto que el Palacio de las Cortes, una construcción neoclásica del siglo XIX cuya primera piedra había puesto Isabel II en 1843, había sido terminado e inaugurado en 1850 con otros protagonistas en su entrada. El diseño inicial contaba con dos farolas que se colocaron en el lugar que ocupan hoy los leones, pero ya desde el principio suscitaron rechazo porque, a la vista del pueblo (y de los propios políticos), unas sencillas farolas no respondían a la solemnidad que se esperaba de tal edificio.


Una vez tomada la decisión de sustituirlas por unas figuras leoninas que dieran sensación de nobleza a la entrada del Congreso, comenzó el accidentado recorrido de su llegada. Ponciano cumplió su misión de realizar las figuras de dos majestuosos leones, que ocuparon el lugar que les había sido destinado en 1851.


Pero pronto comenzaron los imprevistos. Existía un grave problema económico que había impedido utilizar materiales duraderos. Por ello, la primera pareja de leones se hizo en yeso y, aunque tenían una apariencia magnífica, no duraron más de un año por los daños que sufrieron al estar colocados a la intemperie.


La sustitución de este primer par de leones llegó de la mano del escultor José Bellver, pero, aunque en esta ocasión fueron realizados en piedra, ni su tamaño ni su expresión estaban a la altura de las expectativas. Pronto, el populacho los calificó como «perros rabiosos» (algunos dicen que los llamaban Benavides y Malospelos), y los leones fueron destinados a los jardines de Monforte de Valencia, donde todavía siguen.


Por tercera vez, se intentó que aquellos leones cobraran vida en la materia. Y por fin se consiguió. Nuevamente, Ponciano Ponzano fue el encargado de obrar el milagro. El artista supo plasmar dos regios y hermosos leones capaces de transmitir su mensaje de fiereza como custodios de las puertas del Congreso.


El destino había permitido que las tropas españolas requisaran una cantidad importante de bronce procedente de los cañones del enemigo en la guerra de Marruecos. Los cañones fueron a parar a la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, donde se fundieron en 1866, y con el precioso y codiciado material, los leones pudieron nacer a la luz del día en bronce macizo. Así reza la inscripción que hay al pie de las esculturas: «Fundido con cañones tomados al enemigo en la guerra de África en 1860». Tienen una altura de 2,10 metros, una longitud de 2,20 metros y una anchura de pecho de 0,8 metros. Sus moldes se quedaron en Sevilla y permanecieron en la Real Fábrica de Artillería hasta 2009, cuando se trasladaron al edificio de Capitanía, donde aún pueden contemplarse.


Debido a la polémica generada por la procedencia de su material, las figuras no fueron colocadas en su emplazamiento hasta 1872.


La aceptación del pueblo fue casi unánime. Habían pasado veinte años desde el primer intento, pero el resultado había sido magnífico.


Pronto, los madrileños bautizaron a sus nuevos vecinos leoninos: los llamaron Daoíz y Velarde, en memoria de aquellos dos oficiales de artillería del cuartel de Monteleón que murieron heroicamente el 2 de mayo al unirse al levantamiento contra las tropas francesas de Napoleón en Madrid.


Parecía que la historia de los leones ya estaba completa y definitivamente escrita. Pero no. Una sorpresa aguardaba en silencio. Después de más de un siglo instalados en la Carrera de San Jerónimo, un buen día de 1985, llegó el momento de restaurarlos y ponerles a punto con los cuidados que exige cualquier monumento destinado a perdurar.

La restauración del conjunto descubrió el secreto de los leones del Congreso. Y he aquí que lo que hasta ahora no tuvo importancia  desencadenó ríos de tinta. El león de la izquierda, si miramos la fachada de frente, no tenía testículos. Tal cual.


Las hipótesis se sucedieron: ¿fue intencionado o un error del artista?, ¿no tendría suficiente bronce para esculpirlo?, ¿eran dos leones o un león y una leona? Algo no cuadraba: o sobraba una melena o faltaban los atributos masculinos en una de las figuras. Tal fue el revuelo que se montó, que el Canal Historia organizó una campaña para dotar de virilidad al león en cuestión, comprometiéndose a sufragar los gastos del arreglo, dando por seguro que el escultor había sufrido un terrible descuido.


Sin embargo, la tesis que se impuso y que los documentos escritos prueban es que el autor no había cometido ningún error, sino que intencionadamente había modelado dos leones distintos. De hecho, su peso no es el mismo, aunque ambos rondan las dos toneladas y media. Estos dos felinos representarían a Hipómenes y Atalanta, héroe y heroína de la mitología griega que fueron convertidos en leones.


Atalanta, hábil cazadora, estaba consagrada a la diosa Artemisa, y por tanto, tenía la obligación de mantenerse virgen. Después de algunos avatares, Hipómenes consiguió su mano con la colaboración inestimable de la diosa Afrodita. Cibeles montó en cólera cuando ambos jóvenes se unieron en uno de sus templos y, ante tal sacrilegio, los transformó en dos leones. Por eso los leones del Congreso no se miran, al igual que ocurre con los que tiran del carro de Cibeles, también condenados a no cruzar sus miradas nunca y también con melena los dos.


Los leones del Congreso son, sin lugar a dudas, uno de los símbolos de Madrid, y por esta condición han sido requeridos sus servicios en ocasiones especiales. Durante los actos que se realizaron en conmemoración del IV centenario de la muerte de Cervantes, pudimos ver temporalmente a los dos leones con gafas delante de un atril, apuntándose así a la lectura del Quijote que se promocionaba desde numerosas instituciones en toda España.


Después de más de 150 años, estos leones han visto pasar a siete reyes de la monaquía española, han conocido la República, la dictadura y quién sabe qué otros acontecimientos les reserva la historia para que sigan ejerciendo de testigos.


Unos leones con nombre, historia y anécdotas. En Madrid, cuentan con varios congéneres, como los leones del Palacio Real, los del Retiro o los que tiran del carro de Cibeles. No están solos. Y siguen atentos.

E.M.

IMÁGENES:

De Zarateman - Trabajo propio, CC0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25732359

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